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Los padres: el ejemplo más poderoso en la vida de los hijos
Fecha de Publicación: 1/30/2026
En la educación de un niño no solo influyen los contenidos académicos o las experiencias escolares. El aprendizaje más profundo ocurre cada día en casa, ya que la educación comienza en el hogar donde los valores tienen que estar presentes, a través del ejemplo que reciben de sus padres.
Es fundamental predicar los valores con intención: hablar de respeto, empatía, honestidad, responsabilidad y amor. Cuando estos valores se viven con coherencia, el ejemplo se convierte en una poderosa herramienta de formación.
Los hijos observan constantemente: cómo hablamos, cómo resolvemos conflictos, cómo tratamos a los demás, cómo manejamos nuestras emociones y cómo reaccionamos ante las dificultades. Aun cuando no lo parezca, ellos aprenden más de lo que ven que de lo que se les dice.
Por ello, el comportamiento de los padres se convierte en un modelo que los niños tienden a replicar. Un lenguaje respetuoso fomenta respeto; una actitud empática genera empatía; una convivencia sana enseña tolerancia y colaboración. De la misma manera, las palabras impulsivas, los gritos o las actitudes negativas también dejan huella.
Ser conscientes de este impacto nos invita a reflexionar sobre pequeños grandes hábitos diarios:
- Cuidar nuestro vocabulario frente a ellos.
- Resolver desacuerdos con calma y respeto.
- Escuchar con atención y validar sus emociones.
- Mostrar gratitud, paciencia y respeto hacia los demás.
- Hablar positivamente del entorno.
¿Cómo cuidar nuestras emociones para guiar mejor a nuestros hijos?
Ser ejemplo también implica aprender a regular nuestras propias emociones. Los niños no necesitan padres perfectos, sino adultos conscientes que saben reconocer sus emociones y actuar con responsabilidad.
Algunas acciones que pueden marcar una gran diferencia:
- Hacer una pausa antes de reaccionar cuando estamos molestos.
- Reconocer nuestras emociones y expresarlas con respeto.
- Evitar discutir o levantar la voz frente a los hijos.
- Mostrar que también sabemos pedir disculpas cuando nos equivocamos.
- Practicar la escucha activa, validando lo que sienten.
- Cuidar la forma en que hablamos de otras personas.
Cuando los padres gestionan sus emociones de manera sana, enseñan a sus hijos a hacer lo mismo. Así se fortalecen la autoestima, la seguridad emocional y la capacidad para relacionarse positivamente con los demás.
Educar no es sólo corregir conductas, sino modelar con el ejemplo la persona que deseamos formar. Cuando la familia y la escuela caminan en la misma dirección, los niños crecen con mayor equilibrio, confianza y bienestar emocional.
Recordemos siempre que para nuestros hijos, somos su guía más cercana, su referencia más fuerte y su inspiración diaria.
Ms. Lourdes Peña
Directora Campus Concordia

